Piedra caliza, estanterías de hierro, luz de tubo


GALERÍA BARRO, BUENOS AIRES 2019, 2022-23
MUSEO MODERNO, BUENOS AIRES 2023-24







  La adquisición, en 2019, del remanente de piedras que conformaban un viejo taller porteño de litografía comercial (con sus anaqueles incluídos) fue un hecho fortuito. Según los propios artistas, y como les ha sucedido ya en otras ocasiones, el encuentro con ese lote fue del orden de la manifestación espontánea, algo así como una concurrencia misteriosa con el destino. Si el punto de partida de muchos de sus proyectos tiene una cuota extraordinaria de imprevisión, parece imposible medir a priori el volumen potencial de preguntas -y sus respuestas- que la obra en sí misma es capaz de encerrar.

  Cuando la perplejidad frente a la cosa se fue disipando, comenzó a tener lugar a un movimiento de transducción comandado por la propia naturaleza del soporte: si el método litográfico supo ser considerado el estándar de más alta fiabilidad para el grabado y la reproducción de imágenes, ¿por qué no replicar sobre la superficie mineral de este archivo las entradas más sobresalientes de otro? La información almacenada en las piedras ya había llegado hasta nuestros días, por lo que cabe inferir que cualquier nueva información registrada en ellas perdurará hasta llegar a los días futuros.

  Así fue que se decidió grabar en piedra algunos de los elementos que conforman el acervo documental de Faivovich y Goldberg en torno a Campo del Cielo, un archivo cultivado desde hace casi dos décadas y posiblemente uno de los más nutridos del mundo sobre el tema. Como calco semántico antes que como metáfora, no solo se inscribieron nuevos sentidos visuales e históricos sobre las piedras sino que la litoteca, en tanto colección de lienzos líticos, asimiló otra colección de manera recursiva.

  La pieza plantea entonces una gestión alrededor de la naturaleza, la visibilidad y la persistencia de los medios archivísticos, glosando sobre la información en reposo y sobre aquella que es transferida para ser preservada.
  El tráfico entre materialidades sigue un patrón oscilante que va del papel hacia la digitalización y, en un último y pesadísimo impulso, de regreso a la aparente obsolescencia de la matriz para litografía. Cada una de estas piedras, a su vez, tiene un trayecto y una historia material que se inicia en la cantera alemana de la que fueron extraídas hace casi dos siglos y que continúa en las imprentas argentinas por las que circularon prestando sus servicios.

  El circuito transtemporal accionado por Litoteca habilita la imbricación de datos que recorren un amplio espectro de épocas, sentidos y territorios. Los materiales que informan el archivo de Campo del Cielo fueron hallando su lugar entre la sustancia visual residual presente en las piedras litográficas. Flamantes y misteriosas, estas nuevas inscripciones grabadas en positivo (y no en espejado como manda la técnica) no desplazan las marcas precedentes sino que se acumulan junto a ellas en capas, generando subconjuntos de improvisación histórica. De este modo, la reflexión operativa parecería apuntar a la capacidad de la piedra misma como medio para transportar la información.

  Respetando su carácter nominal de repositorio compuesto por módulos, de la litoteca pueden surgir distintas iniciativas, diversos argumentos y diferentes piezas individuales, como ilustran las recientes ¡Saxa Loquntuur! (Barro, Buenos Aires, 2022) y Otumpa (Museo Moderno, Buenos Aires, 2023), instancias donde el objeto fue exhibido en mayor o menor grado de completitud.

  Si el sentido de una lengua depende de la textura que le es propia, el espacio topológico contenido en la superficie de estas piedras refleja el idioma particular del archivo de Campo del Cielo: un idioma granítico diseñado para contar historias sobre el tiempo y la materia.