FAIVOVICH & GOLDBERG




ENCUENTRO 
CON EL MATACO




Estructura de madera terciada y hierro, alfombra, cortina, vitrina 
Meteorito de hierro IAB, 998 kg



MUSEO HISTÓRICO PROVINCIAL JULIO MARC, ROSARIO 2019-HOY






  Invitados a compartir la celebración por los ochenta años del Museo Dr. Julio Marc -el Museo Histórico Provincial de Rosario-, Faivovich & Goldberg se alejaron momentáneamente de la estética científico-administrativa en torno a los meteoritos para propiciar en cambio una dinámica de encuentro con la cosa en sí: El Mataco. 

  Esta roca espacial de 998 kg descubierta por el puestero de una estancia del Chaco Austral, en 1937, se estuvo asoleando por más de medio siglo sobre un templete octogonal en los jardines del museo rosarino hasta su traslado a las salas interiores, durante la década de los 90. Allí, entre retablos coloniales y retratos históricos, El Mataco se entreveró con la cultura terrestre (indígena, colonial, mestiza, americana), colapsando casi de manera involuntaria la clásica distinción humanista entre historia e historia natural, entre cronología humana y tiempo cósmico. 

  Al decidir sustraerlo de este hábitat historiado y culturizado, los artistas lograron poner en marcha otra clase de cruce. Emplazado en el centro de una sala negra, apenas iluminada por una tenue luz cenital que lo alumbra, y sumergido en una cavidad octogonal que invita a sentarse en los bordes para contemplarlo al mismo tiempo que evoca el antiguo templete, El Mataco parece flotar en la noche oscura del cosmos. La espesura del dispositivo diseñado para exhibirlo lo vuelve, antes que nada, una imagen. Pero la suya no es una imagen espacial o racional, sino algo más parecido a lo que Henri Bergson llamaría una “imagen-materia”, aquella imagen pura que luego se convertirá en un recuerdo. 
  Solitario, indiferente al tacto y las miradas humanas, el meteorito rezuma ecos del mundo sin nosotros del que proviene: no ya el Edén paradisíaco de la infancia de la Tierra sino un universo ancestral donde existió sin nadie que lo observe o lo nombre, garantía última de un materialismo auténtico. 

  Sin embargo, aislado en una especie de limbo, como entre signos de pregunta en un museo histórico, El Mataco hace ver que, a fin de cuentas, no es tan ajeno al tiempo de la Historia. En el siglo XXI, con la humanidad convertida en un poderoso agente geológico que compite con las fuerzas naturales y es capaz de producir un cambio climático catastrófico, la distancia entre tiempo cosmológico e historia humana profunda acabó por diluirse ya que todos, humanos y no-humanos, nos vemos igualmente empequeñecidos ante la escala del desastre. El encuentro con esta presencia arcaica, suspendida en la negrura espesa de la sala, engendra una corazonada extraña: si ya hubo un mundo sin nosotros, bien puede haber otro.